domingo, 15 de febrero de 2009

Materia prima

Estoy en la cripta de un volcán, viajando en una nebulosa oscura, espesa y el alma... el alma se me escapa tanto por los poros como se comprime entre mis costillas.

Creo que resulta prudente decir que en mi caso, no es una bendición que el cuerpo sea la cárcel del alma: ¿para qué quiero más cárceles si ya tengo suficientes sucursales en mi memoria, en mi historia, en mis silencios y en mi propia casa?.

Todo lo que pase por fuera de mis uñas amenaza mi equilibrio, y es por eso que tantas veces he querido quitarme la piel para no percibir dos perfumes (que ahora son tres); para no cometer los crímenes que hasta ahora han muerto bajo el techo de un libro, para no frotarme en las sábanas imaginando tu cuerpo, creando tu silueta, tus anillos, tus lunares, y terminar buscando el modo de quitarme tantos ejércitos de plomo alquilando mi estómago.

SÍ, me froto en las sábanas y ensayo mis posturas, las sombras de todos y cada uno de tus cuellos, la flor de tu orgasmo, la sangre que vertimos unidos por nuestro deseo, por nuestros cuerpos lentos tiritando de humedad, de carne, de frío...de acciones vedadas. Todo eso se llama soledad, y no me importa que sea una constante mundial: me preocupa que me quite el apetito, que regule mis perillas y mis manivelas, que sepa más de entierros que de nacimientos, más de apellidos que de nombres; que sepa más de llantos que de risas, más de arte que de artistas y me deje sentado al borde de la vereda pidiendo limosna sin levantar mi mano, creyendo todos que tengo menos edad de la que aparento, que aún me falta derribar muchas lunas y acumular picardías; pero siempre lo he dicho: la noche es para hablarse, para crear utopías, para gestar revoluciones, para contar estrellas, para mirar dos ojos, para empañar ventanas.

La noche tiene un borde que aún no estoy dispuesto a comprender y sí a dominar, pero aún viendo televisores con patas puedo decir que estoy despierto a ese sistema insostenible: no podemos reducir la noche a etiquetas, a dinero malgastado, a mujeres asfixiadas por el humo y hombres cobardes de entereza.

No podemos reducir la noche a tanto precipicio, a tanta mentira, a tantos océanos de aceite rodeando cinturas. No podemos reducir la noche a lo efímero, lo vulgar, A LO QUE MANDA EL SISTEMA A COMPRAR Y AL MISMO TIEMPO A CONDENAR.

No podemos crear una brújula nocturna, pero sí podemos soñar que somos lucecitas saltando de estrella en estrella y que un buen día (no muy lejano) seremos un cosmos irrefutable.

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