lunes, 18 de octubre de 2010

La estrella que la sepultó

Fernando llegaba como cada tarde a las 9 de la mañana. Apoyaba su maletín sobre su rodilla para encontrar esa bendita tarjeta que nunca estaba a mano. Revolvía algunos papeles, separaba algunas carpetas y ella dormitaba serena en el fondo de su valija, siempre en el mismo lugar; no es que él no lo supiera: lo olvidaba, siempre, y ese olvido le permitía demorar unos 4 minutos su ingreso a aquel monstruo esculpido en vidrio.

Tomaba el ascensor. Sexto piso marcaba aquella muchacha parada siempre cerca de la puerta, a orillas del vacío, a dos centímetros de su suerte.
Vestía hermosa: minifalda marrón asfixiando sus glúteos, una blusa blanca, un pañuelo azúl y a veces, su chaqueta puesta, pero a Fernando le fascinaba verla colgada de su brazo derecho, de espaldas a él.
La recorría de abajo hacia arriba, y podía notar su agitado respirar.
Fernando sonreía de costado, o más bien, mirando hacia abajo, porque de tanto en tanto ELLA, ella fijaba su vista en el saco metálico y aunque las figuras se mostraran desfiguradas, bueno... "es mujer"-pensaba- "y sabe tanto de juegos como de alaridos"-se dijo entre líneas-.

Su mano derecha bajo el mentón, su sonrisa agujereando el fracaso, su mirada hacia el visor, los números corriendo como bolsa de Wall Stret y ella haciendo un paso al costado en el sexto:
-"Está bien, paso. Gracias"
Y con los ojos, nada más que con sus ojos, se fragmentaban los labios en miles de pedazos y la ropa era el único obstáculo que ponía límite a sus ganas, además de sus compromisos y esas rutinas de horario, anillos y biberón.

Fernando suspiraba al salir del ascensor y podía adivinar que ella también lo hacía, pero como siempre sostuvo: "ciertos misterios es mejor dejarlos ocultos". Mejor no saber de sus ganas, de las de ella, si tantas mañanas se ha vestido para él sólo para hacerle saber que estaba viva y que su presencia no le era ajena. "Al menos con ella tengo créditos de por vida"-pensó- y la puerta de la oficina se abría abrupta mientras salían tres empleados. Fernando los saludó con su mirada de ayer y uno de ellos le dijo: "campeón: ciertos reyes no viajan en camello" y su sonrisa alumbró cada uno de los bordes de aquella sala dónde el sol nunca llegaba a descansar.

Su maletín, como siempre, al costado de su escritorio y su vista puesta en el ordenador.
Las 13 horas y todo parecía igual a todos aquellos días en que la vida eludía esos pasajes sarcásticos con olor a formol, pero claro, Fernando lanzaba sus dados contra el paño y siempre salía 32. Tan sólo hizo falta la voz de una de sus compañeras pasándole un llamado: "línea 6"-le dijo con ese gesto divino, como contándole un secreto prohibido-.
Tenia su nombre, no era el mismo, pero era el peor.
Atendió con violencia, con la misma que ella le dejó, pero al otro lado, esa voz no era su voz, aunque por momentos parecía, pero esos huecos de silencio no eran los mismos: el ambiente era sellado, el café era más sano y no era el mismo; ÉL ya no era el mismo ni era el mismo su reloj.

Colgó sereno, aliviado del mundo. Había sonreído por vez primera al sacudir ESE despertador. Su nombre había quedado asociado a otro misterio, y era sano, era muy sano sonreír ya sin temor.

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